Conviene decirlo antes de encargar: aquí no hay uniformidad de fábrica. La urdimbre y la trama dejan pequeñas irregularidades que forman parte del tejido y no son un defecto que debamos corregir.
El lino crudo se hila en seco y conserva un grano visible. Al principio resulta áspero al tacto; tras varios lavados en agua fría la fibra se suaviza y la caída gana flexibilidad. No prometemos una textura idéntica entre dos piezas del mismo formato.
El tono natural cambia con la luz y con el tiempo. Cada lote de madejas puede variar ligeramente, y los tintes vegetales, como la corteza de cebolla, se construyen por capas y nunca quedan uniformes. Esa diferencia se asume, no se esconde.
Los flecos van anudados a mano, uno a uno. Con el uso pueden perder algo de volumen, pero no se deshacen si el remate se cuida. El corte se hace después del primer lavado, cuando la fibra ya ha encogido y muestra su longitud definitiva.
Lavar a mano, secar en plano y planchar con vapor tibio. No hay resistencia infinita ni color invariable: el lino envejece, y envejece bien cuando se trata con calma. Las medidas exactas y la composición de la fibra se indican en cada pieza.
Trabajamos con talleres pequeños, tiendas de barrio y estudios de interiorismo que necesitan piezas de lino tejidas a mano con medidas concretas. No hay contratos de gran escala: cada colaboración se acuerda según la capacidad real del telar y los plazos de secado del lino.
Estas relaciones no implican sellos ni certificaciones: son acuerdos de trabajo revisados pieza a pieza. Si algo no encaja en el telar, lo decimos antes de aceptar el encargo.